« | Inicio | »

Momentos Mágicos en el Camino

por lucce | 8 julio 2008

Foto de grupo a la entrada de Portomarín

Desde el pasado 31 de diciembre no he escrito nada en relación al Camino de Santiago y las experiencias y anécdotas, principalmente de índole gastronómica, acaecidas durante la ruta que realicé, en compañía de unos amigos, el pasado 2007 por estas fechas.

Será porque el pasado sábado estuve recordando algunas de ellas junto a dos de ellos o porque precisamente estamos a punto de cumplir un año de aquella aventura, que hoy me pongo de nuevo las botas virtuales para volver a repasar y rememorar aquellos días en “clave Degústalo“.

En la última etapa, nos quedamos en la localidad gallega de Barbadelo. De allí partimos acompañados de un espectacular amanecer que les mostré en la imagen que cerraba la entrada anteriormente citada. Pronto, hicimos una parada y fonda en un caluroso y hospitalario bar para desayunar: cola caos y tostadas recién hechas que nos hicieron sobrellevar con fuerzas la larga etapa que hoy nos esperaba.

En las inmediaciones de Portomarín, un pueblo grandecillo dentro de lo que cabe, nos encontramos con dos peregrinos a los que ya habíamos conocido en jornadas anteriores y con los que comenzamos a entablar una relación que culminaría en la propia ciudad de Santiago. Ellos son Bau, un tipo valenciano, y Amaia, una duranguesa a la que abandonó su acompañante en el Camino para hacerse hospitalera en la preciosa localidad de Molinaseca. Fue allí cuando Amaia y Bau decidieron unir sus fuerzas para hacer el camino más llevadero. Son los que están con nosotros en la foto.

Tras compartir con ellos los últimos kilómetros antes de llegar a Portomarín, accedimos a la localidad e hicimos una parada en la que proveernos en un ultramarinos de alimentos para comer en el albergue que decidimos sería meta para ese día: Gonzar.

Después de haber hecho las compras, Amaia se comprometió a cocinar una buena perolada de pasta con tomate y verduras. Quizá, la perspectiva de tan apetecible pitanza, hizo que los últimos kilómetros hasta Gonzar no se hiciesen excesivamente largos.

Una vez allí, nos encontramos con un albergue pequeño pero bastante cómodo, muy bien cuidado y atendido en exclusiva por una pareja de señores bastante mayores, con cerradísimo acento gallego, que regentaban, a su vez, la única tasca de la aldea. Tras la pertinente ducha, todos nos pusimos manos a la obra para ayudar a Amaia mientras afuera comenzaban a caer unas tímidas gotas de lluvia que continuarían a lo largo de toda la tarde.

Con todo, la comida fue excelente; no sé si esta percepción tiene que ver exclusivamente con la calidad de la elaboración de la misma o por el hecho de estar degustándola en compañía de mis amigos y de Bau y Amaia.

Pero, en mi opinión, lo mejor o uno de los mejores momentos de todo nuestro Camino de Santiago estaba al llegar esa misma tarde. Después de comer, Javi y yo decidimos tomarnos un café en el garito de al lado. El bar en cuestión aún se encontraba cerrado y mientras esperábamos a que abriera, conocimos a Pedro, todo un personaje al que se le puede considerar casi como inherente al propio Camino de Santiago. Y digo esto porque el tal Pedro vive en la Ruta Xacobea junto a su perro.

Pedro es un tipo catalán de enormes barbas, ataviado con un peculiar turbante, que pasa todo el año haciendo el camino ida y vuelta Barcelona – Finisterre, Finisterre – Barcelona (su ciudad de origen) Subsiste en el mismo vendiendo colgantes que él mismo manufactura con piedras que va cogiendo en el camino y gracias también a la buena voluntad de hospitaleros y gentes de la ruta que siempre le prestan un poco de comida y un trago de vino para hacer llevadero el camino.

Nuestro primer contacto con él fue la venta de uno de sus colgantes, el cual nos acabó regalando después de que entráramos al bar y le invitáramos a unos cuantos vinos. Nosotros nos tomamos el café, pero viendo el palique que Pedro tenía y la de anécodotas que nos contaba en relación a la Ruta, decidimos alargarlo tomando unos orujos de la tierra.

Poco a poco fueron llegando allí Raúl y Aitor, nuestros otros compañeros de viaje, así como Bau y Amaia, y un tipo de Zarautz al que también tuvimos el placer de conocer en Gonzar y que también había hecho el Camino en varias ocasiones: Bizen.

Y así, entre orujo y orujo, vino y vino, risas, fotos y demás, se forjó una inolvidable tarde, de esas que siempre recordaremos y que, en mi opinión, ejemplifica la magia del Camino de Santiago.

Y como no podía ser de otra manera, esta fiesta se culminó con una cena elaborada en esta ocasión por Bizen (de profesión cocinero) basada en un arroz con sardinas que nos supo a gloria.

Además, Pedro, conocedor de todos los garitos habidos y por haber de la ruta Xacobea, nos confeccionó una especie de guía gastronómica que ni la Michelín, oigan; en ella nos recomendaba la mejor empanada gallega de toda Compostela, el percebe al mejor precio en Finisterre, buenos menús del día en Santiago y algún que otro bareto interesante a degustar en las escasas etapas que ya nos quedaban para llegar a nuestro destino final.

Con una jornada como la de hoy, lo que nos dio fue un poco de pena que estuviésemos ya cerca de nuestra meta y, en cierta forma, al menos este que abajo firma, hubiese deseado haber empezado desde Roncesvalles y haber llegado hasta Finisterre.

Bueno, espero no tirarme otros seis meses hasta la próxima entrada sobre el Camino de Santiago. Sentarme a escribir estas letras es un ejercicio de memoria que siempre me trae una reconfortante sonrisa a la cara. Además, como dice Jaet, ya es hora que vaya cerrando este capítulo en Degústalo. Lo dicho, hasta la próxima.

Tags: , , , , ,
Categorías: Actividades, Turismo gastronómico | Ningún Comentario »



Comentarios