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Croissant
por Loizaga | 2 Julio 2007
Comenzamos el día con un café y junto a él no puede faltarnos un buen croissant. Personalmente me fascinan, siempre tan doraditos y crujientes recién salidos del horno, ¡son irresistibles!.
El croissant, a pesar de las apariencias, realmente tiene procedencia austrohúngara y sus historia es realmente curiosa. Su creación conmemora el sitio de Buda situada al oeste del Danubio y frente a la ciudad de Pest.(ambas conforman lo que sería hoy Budapest). Un plan ambicioso del Imperio Otomano truncado gracias a los panaderos de la ciudad que alertaron de la construcción de un túnel destinado a la toma de la ciudad.
Estos mismos acontecimientos hay historiadores que los sitúan en la ciudad de Viena, aportando una segunda versión que termina de forma similar con la creación de este histórico panecillo.
Para celebrar la victoria sobre los turcos elaboraron este bollo hojaldrado con forma de media luna porque ese era el emblema otomano. De hecho la propia palabra croissant significa literalmente creciente, refiriéndose a la luna de cuarto creciente. De esta manera cada vez que se comían un croissant, simbólicamente se estaban comiendo al enemigo turco.
Tuvo muchísimo éxito por la Europa del siglo XVIII y hoy en día continua siendo todo un símbolo. Francia lo ha elevado a los altares de la repostería internacional y sigue haciendo la delicia de nuestros desayunos. Realmente sean vieneses o no, los franceses los elaboran como nadie.
Elaborar unos pequeños croissants es algo laborioso para hacer de forma casera y no lo recomiendo a principiantes.
La masa de hojaldre es muy sabrosa porque es rica en mantequilla pero requiere destreza al ser amasada si no queremos que quede apelmazada y seca. Es importante amasar, estirar y plegar de forma sistemática para ir creando una especie de cámara de aire que permite durante la cocción que las láminas esponjen (con ayuda de la levadura) y adquiera la textura fina y quebradiza que esperamos.
Una vez elaborada la masa se puede dar forma de media luna enrollándola y quedan listos para hornear. Conviene bañarlos en huevo para que adquieran ese brillo que los hace preciosos a la vista. No son excesivamente dulces pero su sabor a mantequilla pura compensa con creces. En ocasiones para que tengan algo más de brillo se pintan por encima con un ligerísimo y casi inapreciable glaseado de azúcar o alguna confitura rebajada.
Hay variantes austriacas con esencias de vainilla y almendra molida, pero no son tan usuales en el petit dejeuner
Categorías: Gastronomía, Curiosidades, Productos |
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